Este artículo expone, desde una perspectiva antropológica, tres cambios estructurales en la alimentación, los que dan lugar a tres grandes transiciones epidemiológicas.
Afirma la autora que la cuestión alimentaria actual mundial tiene relación con la especial forma en que se ha manejado nuestra especie en su relación con el medio ambiente para sobrevivir los últimos cuatro millones de años.
PRIMERA TRANSCISIÓN: De Vegetarianos a Omnívoros – La revolución de las proteínas y los ácidos grasos.
En todas las especies, la forma de alimentarse y trasladarse, tienen que ver no solamente con su supervivencia inmediata, sino también con sus estrategias para adaptarse al ambiente y a sus variaciones.
Por eso la paleo-antropología pone especial cuidado en tratar de encontrar evidencias de cómo comían y se trasladaban nuestros ancestros homínidos.
Respecto a la forma de trasladarse, por las huellas marcadas en ceniza volcánica en África, se infiere que hace cuatro millones de años caminaban erguidos. Y en lo que refiere a la forma de alimentarse, existe consenso de que tuvieron una dieta vegetariana (frutos, nueces, raíces, hojas, brotes y semillas).
Del estudio de los fósiles (el más famoso, el de una hembra conocida como Lucy, perteneciente a los australopitecus affarensis) resulta que la forma física de estos individuos era pequeña, de baja estatura y peso.
Hace aproximadamente dos millones de años, se registra la existencia de los que se consideran los primeros representantes del género homo: el homo habilis, con una diferencia transcendental respecto a los australopitecus vegetarianos, el omnivorismo (lo que se traduce en una mayor ingesta cárnica en la dieta, basada en una actividad carroñera antes que cazadora).
Coincidiendo con este pasaje del vegetarianismo al omnivorismo, se produce un lento proceso de encefalización y acortamiento del intestino. A partir de entonces, las especies que se suceden, tienen una mayor capacidad y complejidad cerebral, evidenciada no sólo por los cráneos fósiles, sino también por el perfeccionamiento de las herramientas y del lenguaje. Las proteínas y ácidos grasos de la carne ayudaran a sostener un órgano metabólicamente costoso como el cerebro. Pero también servirán para reducir el tiempo dedicado a la comida y para explicar un cambio muy importante en lo que refiere a la obtención de la comida: la necesidad de cooperación. Así la alimentación adopta dos modalidades: la alimentación vagabunda (típica de los ambientes de escasez, donde cada uno va recogiendo y comiendo lo que encuentra) y la comensalidad (forma de alimentación grupal, donde el grupo obtiene y reparte colectivamente la comida, funcional en ambientes de abundancia).
Nuestros ancestros omnívoros combinaron ambas modalidades. Así, los más viejos, las hembras grávidas, y las crías, se dedicaban a la recolección vagabunda, mientras que los más jóvenes y hábiles, salían a conseguir carne, primero de animales muertos o robando las presas de los grandes carnívoros y luego cazando animales. Efectivamente, es recién hace un millón y medio de años, con el homoerectus, cuando la caza colectiva se desarrolla de la mano del perfeccionamiento de las herramientas para arrojar, cortar y desgarrar, dando lugar (por primera vez en una especie) a un cambio conductual, de presa a predadora, y a un proceso de colonización de hábitats diferentes.
Con respecto a la obtención de carne de forma colectiva (por tratase de un animal débil), el biólogo español F. Cordón realiza un aporte interesante: la cocina común da lugar a la aparición del verdadero lenguaje. Es en la tranquilidad del fogón y apoyándose en los proceso concretos de la cocina (planificar, realizar, evaluar, modificar) que se desarrolla un lenguaje complejo.
Podríamos pensar que aquellas bandas de recolectores-cazadores del Paleolítico vivían en una penuria permanente, una vida corta y plagada de enfermedades, sin descanso ni ocio tranquilo. Sin embargo, los registros arqueológicos demuestran lo contrario. De hecho, tenían una estatura superior a la de sus antecesores, y por cierto, similar a la del hombre actual.
Recientemente, los antropólogos han moderado las concepciones catastrofistas como las bienestaristas, aceptando una alternancia de períodos abundancia-escasez (sin que necesariamente deba identificarse abundancia con obesidad, y escasez con hambruna).
Ahora bien, para reproducirnos física y socialmente los seres humanos elaboramos diferentes estrategias, fundamentalmente culturales, pero también biológicas, como la capacidad de atesorar reservas calóricas para superar la oscilación de periodos abundancia-escasez. De hecho, se ha señalado la posibilidad de un “genotipo-ahorrador”, cuyos portadores transmitieron a sus hijos. Así, quienes eran capaces de atesorar mas energía estaban mejor preparados para adaptarse y sobrevivir al período de escasez posterior. Si esto es así, las enfermedades metabólicas crónicas de hoy (obesidad, arterioesclerosis, diabetes, colesterol) son producto de aquella ventaja selectiva operada en otros contextos de adaptación.
La forma de alimentarse y de moverse, modeló un tipo de cuerpo paleolítico. Y lo cierto es que era un cuerpo esbelto (alto, magro y fibroso), pese a una ingesta proteica alta. Esto se explica porque los animales de caza son magros por su actividad y con abundancia de ácidos grasos poliinsaturados como consecuencia del tipo de hierbas que consumían.
La etnografía nos demuestra que los cazadores recolectores subutilizaban su fuerza y subexplotaban su medio. Trabajaban poco, estaban bien alimentados y en armonía con su medio.
SEGUNDA TRANSCISIÓN: De Cazadores Recolectores a Agricultores – La revolución de los Hidratos de Carbono.
Hace unos 13.000 años, hubo un colapso de las culturas de caza mayor especializada, seguido de cambios en la alimentación. Los científicos no se ponen de acuerdo respecto de cuánto tuvo que ver el cambio climático y cuánto la depredación humana en la extinción de la megafauna. Pero lo cierto es que en este momento se sentaron las bases de un nuevo sistema de producción y de consumo alimentario; es el advenimiento de la agricultura. En las costas, se consumían pescados y mariscos. En las llanuras, se domesticaban las plantas.
En Eurasia, la domesticación de animales y plantas se hizo simultáneamente, de modo que la población se reunió en aldeas y, dos mil años después, dependía enteramente de los cereales.
El pasaje de la alimentación basada en proteínas animales y fibras a hidratos de carbono, combinado con el asentamiento en aldeas trajo una modificación del tipo de cuerpo. El hombre del neolítico es más bajo (un promedio de 20 cm) y su vida media es menor (unos 5 años).
Las labores propias de la agricultura hacen aparecer enfermedades específicas (artritis, artrosis) y el hacinamiento resultante del sedentarismo y la formación de aldeas, junto con la contaminación de los acuíferos y una nutrición deficiente (sólo cereales) dio lugar a la aparición, por primera vez, de las enfermedades masivas: las epidemias.
A pesar de esta depresión de la salud, la población aumentó. Sin embargo, la calidad de vida y de alimentación, cayó estrepitosamente ya que aunque había aumentado la cantidad de alimentos, se sacrificó la variedad, restringiéndose la dieta a un “alimento principal” (en Europa: el trigo, en Asia: el arroz, en América: el maíz).
La posibilidad de intensificar la producción junto con la posibilidad de obtener excedentes de esa producción, dará origen a muchas de las instituciones sociales que conocemos en la actualidad. Así, surgen las sociedades divididas en clase, castas o estratos jerárquicos y la administración estatal. Aparecen reyes, sumos sacerdotes, primeros ministros, jueces, etc. Durante los últimos 5 o 6 mil años las 9/10 partes vivimos como miembros subordinados de castas, estamentos, sectores o clases sociales, debiendo pagar tributos para apropiarnos de una parte de la naturaleza. ¿Y como ocurrió este sometimiento masivo? La humanidad no tuvo sino una conciencia tardía de cómo la división técnica del trabajo agrícola generó la división social. Los jefes de las bandas de cazadores recolectores no tenían gran autoridad. En las aldeas comienza una concentración del poder, pero el jefe no era más que un conciliador, con tareas técnicamente redistributivas. Luego, los grandes hombres entraron en una competencia de prestigio. En algún momento, el jefe se separó de los productores y se transformó en un controlador coactivo de la producción y el consumo; las contribuciones a la despensa dejaron de ser voluntarias para ser obligatorias y las tierras y los recursos naturales dejaron de ser de acceso común para pasar a ser de acceso por derecho.
Esta forma de organización social, da lugar a la formación no ya de un tipo de cuerpo característico, sino de “dos cuerpos de clase”.
La sociedad estratificada da origen a dos cocinas bien diferenciadas:
- La Alta Cocina o Cocina Aristocrática: es la cocina de la opulencia y el poder, del 10% de la población y se compone de todos los ingredientes existentes.
- La Baja Cocina o Cocina Campesina: es la cocina de la carestía, pobre, sencilla y monótona, típica del 90% de la población y compuesta por un elemento principal (un cereal o un tubérculo) y pocos o ningún otro complemento.
La existencia de este acceso diferenciado a los alimentos que genera cocinas diferenciadas, dará como resultado también dos cuerpos diferencias, donde el bienestar económico será directamente proporcional al tamaño de la cintura. Así, el volumen y las formas opulentas se verán como belleza y también salud (concepción ésta que se sostiene aún en nuestro tiempo, por parte de nuestros mayores), mientras que la delgadez se verá como fealdad, fragilidad y enfermedad.
La concepción salubrista del momento había construido una jerarquía de alimentos paralela a la jerarquía social, de modo que, los estómagos burdos de los campesinos debían nutrirse con los alimentos rudos que crecían bajo la tierra, mientras que los estómagos delicados de los nobles, debían alimentarse con frutas, carne de caza, azúcar cristalizado y aves preciosas. Se intentaba trasformar en biológicas las diferencias sociales, justificando el “comer con arreglo a la calidad de la persona”.
TERCERA TRANSCISIÓN: De Agricultores a Industriales – La revolución del Azúcar.
La revolución industrial creará una relación absolutamente nueva entre producción, distribución y consumo alimentario.
Hasta entonces, los cambios importantes en la producción alimentaria, tenían como consecuencia una degradación del medio (por la intensificación de la producción) o un aumento de la población. Pero, a partir de la modernidad, en las sociedades europeas se va a producir una transformación muy importante que da comienzo a una progresiva bonanza, llevando a la especie a recuperar (para la mayoría) niveles de calidad de vida similares a los paleolíticos con una esperanza de vida sin precedentes en su historia (aunque con más horas de trabajo).
Fueron tres los acontecimientos culturales que iniciaron esta transición:
- La transformación energética: se pasa de la tracción a sangre y eólico-hidráulica a los combustibles fósiles como el carbón o el petróleo (no renovables) y posteriormente a la energía atómica. El petróleo es la base de la productividad.
- La transformación contraceptiva: desarrollo de formas seguras, baratas y no crueles de controlar la fertilidad.
- La transformación productiva, que instalaría definitivamente la sociedad salarial: se pasa de la familia como unidad productora a la fábrica. El sujeto se construye a partir de su trabajo. Es curiosa la observación que realiza la autora, de que, si le preguntamos hoy día a un niño respecto a qué le gustaría ser de mayor, nos responderá con una ocupación o profesión.
A su vez, las nuevas relaciones de producción y reproducción cambiaron la forma de vivir y de comer. El producto transformador será el azúcar (que si bien se le conocía en Europa desde el siglo XI, era tan raro y apreciado que se lo consideraba medicinal).
A partir del siglo XVI el azúcar entra en la cocina con el status de especia. Se empieza a utilizar para todo.
Ahora bien, el aumento exponencial del consumo de azúcar, se debe a un aumento también exponencial en las plantaciones inglesas, francesas y holandesas del caribe y Brasil, para lo cual se utilizaban esclavos africanos como fuerza de trabajo (cruzadas sacarófilas).
La sobreoferta de azúcar motivó que durante todo el siglo XVI los precios fueran bajando poco a poco, y a medida que lo hacían, nuevos sectores sociales se iban incorporando a su consumo. Para mantener sus ganancias los terratenientes del caribe iniciaron la destilación de aguardiente (ron) de los derivados de la caña de azúcar.
Ahora bien, pese a todos los “avances”, el siglo XVIII ha estado marcado por la escasez crónica, por el hambre. La mayor parte de la población vivía y trabajaba en un estado de desnutrición permanente, asimilado como condición de vida normal.
Al aumento de la población, se respondía con la receta tradicional: extender las fronteras agrícolas colonizando tierras vírgenes, desmontando bosques para dedicarlos al cultivo de cereales y desecando pantanos. Asistimos a una revolución agrícola, donde la ganadería y la agricultura se integran para aumentar su rendimiento por hectárea, donde se unen parcelas, se cercan los terrenos y son abolidos los usos comunales de la tierra y los bosques. Esta “modernidad”, esta aplicación contranatura de la ciencia a la vida, será el primer paso al capitalismo agrario y a la economía industrial. La misma revolución energética que dinamizo las fábricas, sostendrá la producción agropecuaria (uso de fertilizantes químicos, pesticidas, insecticidas y fungicidas).
Pero, mientras en Europa se luchaba por sostener un precario equilibrio alimentario entre tierras agotadas y población creciente, América se enfrentaba al problema inverso, inmensas praderas fértiles y poca población.
Con las innovaciones tecnológicas de la revolución industrial y las nuevas instituciones comerciales y financieras, las colonias en América se transformaron en un bocado apetecible, tanto por el crecimiento de la demanda de productos manufacturados como por las posibilidades exportadoras de materia prima y alimentos.
En el siglo XIX, en Europa, los suministros locales no alcanzaban para sostener la población concentrada en los cinturones industriales, por lo que comienzan a depender de la importación, dando como resultado, una dieta cada vez más deslocalizada.
Así entonces, en los países industriales, aumenta la cantidad y la variedad de alimentos, y los ciclos estacionales que habían ritmado la alimentación humana, se pierden para siempre. Pero en la etapa industrial, no alcanza con tener alimentos y que estos sean baratos. Además, deben tener otro formato para satisfacer las necesidades de abastecimiento urbano. Para ello, la alimentación sufrirá una transformación en 5 áreas:
- Conservación (frascos, latas, congelados)
- Mecanización (aplicación de maquinaria; la cocina se industrializa como antes lo hizo la agricultura)
- Transporte
- Venta mayorista-minorista (almacenes, intermediarios)
- Seguridad biológica (control bromatológico)
Sin embargo, detrás de este paraíso de alimentos estables, transportables e higiénicos, se agazapan los infiernos de la alimentación industrial. Hay mayor cantidad pero menor variedad. Los cambios industriales de los alimentos los transforman hasta el punto que nos resultan irreconocibles. No sabemos que comemos. Ni su origen, ni sus modificaciones, ni la inocuidad de los envoltorios. Percibimos una pérdida de las cualidades gustativas de los alimentos (“comida de plástico”). Se ha pasado de la cocina al laboratorio, la producción de alimentos se ha convertido en producción de beneficios y los alimentos son mercancías y no nutrientes. No comemos lo que queremos, sino lo que nos quieren vender. Y no nos venden lo que alimenta, sino lo que produce ganancias (Ej: junk food o comida basura).
Sin embargo, ha sido la producción industrial de alimentos lo que ha permitido que el planeta llegue a la disponibilidad plena. A partir de 1985 en el mundo hay disponibilidad excedentaria, pero los 800.000 millones de desnutridos que registra la FAO nos hablan de un acceso restringido.
Esto demuestra que no es la producción excedentaria lo que solucionará el hambre en el mundo, sino una distribución más equitativa de esa producción.
Nos enfrentamos a dos problemas: el de los países y gentes que no tienen que comer y el de los países y gente que tienen demasiado. La solución parece estar en la modificación de ambos perfiles de consumo alimentario, pues tan malo es comer inadecuadamente por escasez como por abundancia. La distribución es tan irracional que se superponen los problemas de la sub y de la sobre alimentación como problemas de salud pública.
Otro punto a observar en el mundo moderno, es que aquella diferencia de clases reflejada en la cocina, donde los ricos eran gordos y los pobres flacos, se ha revertido y ahora los pobres son gordos, pero no gordos de opulencia sino de escasez. Alimentados con los productos más baratos (azúcar, grasas, cereales y tubérculos) presentan carencias de micronutrientes esenciales (hierro, calcio, etc). Se trata de un “hambre silencioso” que la OMS cataloga como epidemia global.
La cuestión alimentaria nos alcanza a todos, nunca como ahora todos tienen problemas alimentarios, los pobres porque no consumen alimentos de calidad porque no pueden y los ricos que, porque pueden, consumen excesivas calorías provenientes de alimentos que no son los nutricionalmente deseables (de ahí la prevalencia de enfermedades crónico degenerativas como diabetes, obesidad, accidentes cerebro y cardiovasculares, etc, que le afectan).
TRANSORMACIONES EN LA COMESALIDAD
Desde el omnivorismo se instaló la comensalidad como la forma de comer de los humanos, no porque nos gustara sino porque brindaba ventajas de supervivencia. Sin embargo, hoy en día comer está cada vez mas lejos de ser un acto colectivo. Cada vez más se come fuera del hogar, con la globalización del estilo de vida y las imposiciones del trabajo asalariado, dependiente del producto antes que de las necesidades biológicas humanas- Y esto tiene sus consecuencias, porque el hogar en general y la comensalidad en particular, son un potente espacio de transmisión de normas, reglas y símbolos.
La trasformación de la comensalidad se relaciona también con una desestructuración del “lenguaje culinario”, ese que internalizamos inconscientemente y que marca cada familia, cada país, cada región, contribuyendo a cimentar una identidad.
Podemos hablar en nuestra forma urbana, posmoderna de comer, de una gastro-anomia. Esto es, un consumo alimentario sin valores, sin sentido, desordenado (el reino del snack). Pero, paradójicamente, esto no se produce porque no haya marcos de referencia, sino porque hay demasiados (comer rico, comer sano, comer barato, comer rápido, precocidos, desgrasados, envasados, comer de la forma tradicional como cocinaban las abuelas). El comensal moderno se encuentra en el cruce de todas estas normas acerca del buen comer, todas valorizadas. La solución que se ha encontrado, es pasar de una norma a otra (un día se come de una forma y otros de otra), hasta no tener ninguna. Esta es la gastro-anomia del comensal moderno.
Pareciera que en el tercer milenio la alimentación humana nos condujera a formas pre-humanas de comer, dejamos el comensalismo y volvemos a la alimentación individual, solamente que en contextos de abundancia y no de escasez.
A nivel biológico si no cambiamos nuestra manera de comer, estaremos en la extraordinaria situación de ser una especie que se suicidó transformando en veneno sus alimentos. Y a nivel económico-ecológico, sino cambiamos nuestros patrones de consumo, terminaremos devorando el planeta.
Llegados a este punto en nuestra evolución, hay dos opciones que se perfilan claramente:
- Seguir como hasta ahora profundizando las diferencias, u
- Optar por cambios de estilo de vida y patrones de consumo, a escala global.
COMENTARIO PERSONAL
Resulta realmente interesante el trabajo de la antropóloga argentina, que nos permite observar la evolución de nuestra especie desde una perspectiva nutricionista, para concluir que nuestra evolución ha virado en “involución” desde el punto de vista alimenticio.
En efecto, comemos mal (tanto el que puede como el que no puede por su situación económica), pese a la abundancia de alimentos y a todos los avances tecnológicos en su producción, conservación y distribución. El gran problema es la desigual repartición de los alimentos y la avaricia humana que la permite. Pero lamentablemente, parece que poco se puede hacer contra ello a nivel macro, pues como sostenia Hobbes al intentar explicar el origen de las sociedades, “el hombre es lobo del hombre”.
Y comemos mal, no sólo en cuanto a la cantidad (los ricos) y a la calidad (los pobres), sino también en cuanto a la forma. En efecto, se produce una involución también en este aspecto, retomando la forma de comer del hombre del paleolítico. Nuestro modelo de alimentación vuelve a ser el individualista, el cual tiene como nefasta consecuencia una pérdida de los valores, normas y principios de nuestro grupo social primario, que es la familia, los que encontraban en el fogón su lugar natural para transmitirse.
Ahora bien, aún reconociendo como ciertas estas afirmaciones en lo que refiere a la pérdida del modelo de comensalidad de la sociedad moderna en general, creo que es de justicia quebrar una lanza por la sociedad española en particular, la cual lucha en su Europa por mantener un modelo saludable a la hora de alimentarse, tanto en lo que refiere a la forma como al contenido.
Ciertamente, los ingredientes de la dieta española son mundialmente conocidos y reconocidos como beneficiosos para la salud (se habla de la “dieta mediterránea” como modelo positivo), tal es así que España ocupa los primeros puestos entre los países con mayor expectativa de vida en el mundo, debido fundamentalmente a sus hábitos alimenticios.
Y en lo que respecta a la forma de comer, es también cierto que España defiende e intenta mantener (no sin críticas por parte del resto de Europa) el modelo de la comensalidad, a través de un modelo laboral de jornada partida (el cual es considerado como “no Europeo” en contraposición al “Europeo” de jornada continua).
Incluso nuestra sociedad da un paso más y defiende no sólo el comer en casa, sino también el disfrutar de un pequeño descanso luego de comer, nuestra tan famosa y ahora imitada por beneficiosa, siesta, valorada por los sociólogos como uno de los aportes de la sociedad española a la humanidad.
Ahora bien, nuestro modelo laboral de jornada partida nos permite mantener el modelo alimenticio de comensalidad, pero no sin costes. Por el contrario, pagamos un alto precio que es la constante búsqueda de un equilibrio (muchas veces, por no decir en la mayoría de los casos, nunca conseguido) entre la vida laboral y la familiar.
¿Y donde podría estar la solución a este problema? Pues tal vez, justamente, en la involución. Una mirada involutiva hacia los cazadores recolectores, de quienes se dice que “trabajaban poco, estaban bien alimentados y en armonía con su medio” resulta interesante.
Por supuesto que no justifico la falta de esfuerzos a la hora de trabajar, sino una reorganización del trabajo. Justamente los grandes avances técnicos y científicos a los que asistimos desde la revolución industrial, deberían ser nuestros aliados para conseguirlo. La reducción de la jornada laboral a 8 horas se planteó como una gran solución (de justicia social y también económica) en los primeros años del siglo XX y sin dudas fue un gran avance. Pero entrados ya en la segunda década del siglo XXI deberíamos avanzar un poco más. Tal vez sería suficiente con una jornada laboral de 6 horas (eso si, realmente aprovechadas) para cumplir con los objetivos de producción. Podría pensarse en dos turnos de trabajo de 8 a 14 hs y de 16 a 22hs, a elegir en la medida de lo posible, de acuerdo con las necesidades personales o familiares de los trabajadores.
Soy consciente de los tintes utópicos de una solución que pase por un replanteo de la organización de la jornada laboral en un sentido reductivo, máxime cuando los modelos exitosos económicamente como el modelo de trabajo chino, sostienen justamente lo contrario. Por cierto, recientemente el Sr. Amancio Ortega, proclamado como el quinto hombre más rico del mundo, ha manifestado que la solución a la ya agónica crisis económica española, pasaría por imitar a los chinos o trabajar como ellos.
Con todo el respeto y la admiración que me merece una persona que llega a su posición, lo cual no se logra por azar, me permito discrepar en cuanto a que trabajar más y por lo tanto, producir más, resulte una solución para cualquier crisis.
Justamente, como señalaba Patricia Aguirre, el producir más lo que hace es aumentar aún más las diferencias económicas y sociales. Habría que ponderar la calidad sobre la cantidad y habría que intentar disminuir las desigualdades. Está claro que la gran crisis económica lo que ha hecho es aumentar las diferencias: los ricos con cada vez más ricos y los pobres son cada vez más pobres.
Tal vez los gobiernos podrían intentar hacer algo para impedir que esa desigualdad siga creciendo, fomentando las posibilidades de trabajo remunerado, pero no aumentando la cantidad de horas dedicadas al mismo, sin que ello se vea reflejado siquiera en una importante retribución económica (lo cual nos asemejaría mas al modelo de trabajo esclavista de las colonias), sino aumentando la calidad del trabajo. Esto es, buscando y ayudando a desarrollar actividades que a su vez generen más posibilidades de trabajo a más personas. Y también fomentando el trabajo y el desarrollo de aquellas actividades que se traducen en una mejora de la calidad de vida, como por ejemplo las energías renovables o los cultivos ecológicos. Una producción masiva de estos bienes podrían hacerlos más asequibles a todos (tal como sucedió en su momento con el azúcar cuya sobreproducción motivó la bajada de su precio y por lo tanto la popularización de su consumo), y podría estar solventando dos grandes lacras: la falta de trabajo y la mala alimentación.
Todos los esfuerzos deberían estar dirigidos a mejorar la calidad de vida porque al fin y al cabo (y aunque sea algo tan obvio, el ritmo que le hemos impuesto a la vida, la codicia y el egoísmo, nos lo hace olvidar), “sólo se trata de vivir”.
Ana Karina Sotelo
Estudiante Ciclo Formativo Grado Medio en Estética Personal Decorativa- Centro INESPA (Elche)